¿QUÉ ES UNA BUENA OBRA?

Para responder a la siguiente pregunta debemos primero entender qué es el arte, aunque nos bastaría con saber que es un concepto cambiante que evoluciona para añadir complejidad al amplio espectro que comprende. La crítica es un espejo del camino recorrido por el arte que nos da pistas sobre cómo entenderlo y juzgarlo hasta finalmente acabar pidiendo el relevo. Greenberg creía poder diferenciar la mejor obra entre varias sin haberlas visto nunca o conocer a los artistas. Lo que llamamos «el gusto» durante un tiempo puede que sirviese a los críticos como herramienta pero conforme nos acercamos a la contemporaneidad esta se torna imprecisa a la hora de dictaminar la calidad de una obra. Para Arthur C Danto la crítica formalista en este nuevo paradigma del pluralismo radical del arte supone una verdad a medias y cree que el esencialismo es la nueva “fórmula científica” de la crítica de arte postmodernista. La obra de arte requiere una nueva lectura que apela directamente al criterio, y el enamoramiento del que hablaba Greenberg pasa a un plano intelectual en el que la obra supone la encarnación de un significado, siendo este la verdadera obra de arte, mientras que su representación formal es el continjente que le da fuerza.

El paso de la era moderna a la postmoderna constituye una nueva reflexión en torno al significado del arte y abre nuevas vías de creación que llevan inherente una reformulación de la crítica de arte. La crítica formalista queda obsoleta por la imposibilidad de utilizar sus fórmulas a la hora de juzgar el nuevo arte que se estaba realizando. La experiencia estética immediata y romántica que defendía Greenberg se pone en duda ante la imposibilidad de diferenciar mediante juicios puramente formales una obra de arte de un objeto cotidiano como es el caso de las cajas de BrilloBox de Warhol (1964).

En cuanto a los criterios que son los utilizados para distinguir el buen del mal arte; el postmodernismo se alza subversivo dando lugar a una crítica relativista que se rinde frente a la evidencia de que ya no existen verdades absolutas dejando atrás esa maniquea distinción basada en juicios de belleza objetivos, detractora del arte postmodernista y que tienen por manía hablar de calidad del arte. El arte se torna cada vez más subjetivo y en su suma libertad se aleja de quien lo intente alcanzar reformulándose constantemente para ser infinito e indomable. Quien se jacte de poder entender el arte es que es demasiado pretencioso para amarlo en su constante evolución, en su abstracción y en su infinita complejidad. Al final puede que a todos los que nos dedicamos a perseguirlo nos depare el mismo final que a Greenberg, quien tras mucho correr tras él, el arte le acabó tomando demasiada ventaja hasta desvanecerse entre sopas Campbell y cajas de BrilloBox.

Durante años ha imperado un criterio normativo la hora de juzgar el arte que tenía que ver con el “talento” o virtuosidad del artista, la armonía, el claroscuro o la rigurosidad de la técnica. El cambio de paradigma se establece de manera progresiva y culmina con el discurso de “desmaterialización del arte” que plantea Duchamp al exponer un urinario. ¿Entonces, todo es arte? Podríamos decir que “cualquier cosa” podría potencialmente ser arte si existiera una intencionalidad para tal fin. Pero entonces ¿ Cualquier cosa podría ser una buena obra?

Lo que, desde mi punto de vista, diferencia pues una buena de una mala obra tiene que ver con el computo entre, elementos formales (estética y lenguaje plástico) y el discurso (entendido siempre en un contexto). Así pues, una buena obra de arte, como herramienta de cultura que es, tiene que ofrecer una aportación contundente y original creando un sentido entre el discurso que ofrece y su materialización. Aunque mañana puede que esta fórmula no sirva y que el arte nos mire desde lejos y se ría porque sabe que siempre va a ir un paso por delante.

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